miércoles, 15 de julio de 2026

La Odisea, la historia más grande jamás contada

 


Parecía que no iba a llegar nunca, pero aquí está. Tras más de un año de bombardeo mediático, ha llegado por fin la versión de Christopher Nolan de la obra de Homero, que sigue vigente 28 siglos después de ser escrita: las ganas de volver a casa, el amor por encima de todo o la venganza como sentimientos que no han cambiado, aunque cambien los milenios. Y las guerras, claro. Las putas guerras.

No he querido ver imágenes o trailers antes de ver la cinta. Y las primeras sensaciones, cuando la sala se pone a oscuras, son que Nolan nos está troleando: vemos al rapero Travis Scott interpretando a un bardo que da comienzo a la historia, con Elliot Page como Sinón, el guerrero más valiente de los griegos que se queda solo en la playa de Troya, guardando al famoso caballo de madera.

La trama no tarda en arrancar y tenemos, como en la obra original, a Ulises con la ninfa Calipso, con una historia que va avanzando de manera muy fluida a base de flashbacks y flashforwards y que, a pesar de durar casi tres horas, no se me hizo pesada. Aunque es cierto que iba rendido, probablemente es mi libro favorito y, de hecho, lo estoy releyendo ahora.

Damon está a la altura en el papel de Ulises, uniendo astucia, remordimiento, ira, fisicidad y pasión. El resto del reparto es espectacular, con Zendaya como Atenea, la eterna acompañante del héroe; Tom Holland como el joven Telémaco; un Robert Pattison que se lleva el agradecido papel del malvado Antinoo o un Jon Leguizamo muy eficaz como el fiel Eumeo.

Destacan sobre todo los papeles femeninos de Anne Hathaway como la sufriente Penélope, en una interpretación muy naturalista; Charlize Theron como Calipso; la siempre inquietante Mia Goth como la traidora Melanto y, sobre todo, la gran Samantha Morton como Circe. El papel de Lupita Nyongo es apenas una anécdota y, probablemente, otra troleada de Nolan.

En el pase de prensa vimos la versión en 70 mm, con una fotografía, a cargo de Hoyte van Hoytema,  cruda, con mucho grano y de colores fríos, alejada de los estándares de las superproducciones, acentuando un vestuario muy sobrio y unos paisajes naturales espectaculares, la mayoría mediterráneos (aunque hay una escena estremecedora rodada en Islandia), que permiten admirar escenas de navegación y lucha. La iluminación, que usa leds para imitar a las antorchas y velas, es realista, mostrando palacios e interiores sombríos.

Las escenas se van desarrollando, alternando la toma de Troya con aventuras de Ulises tan conocidas como la del cíclope, las sirenas, los lestrigones o Escila y Caribdis. Nolan se atreve a cambiar aspectos de la obra de Homero y logra, en la mayoría de ocasiones, hacerla más clara y fluida y darle verosimilitud. Por supuesto que habrá gente que hablará que el vestuario, los barcos o la arquitectura no son los de la época, pero a mí me parecieron bien integrados en la trama.

La música de Ludwig Goranson es omnipresente, mezclando instrumentos musicales de la Grecia arcaica con sintetizadores y coros, con un resultado muy heterogéneo y atractivo.

Al final, queda una sensación de que Nolan vence en el reto. Son casi tres horas que no se me han hecho largas y que me han dejado ganas de volver a ver la película en el IMAX para disfrutar de nuevo de los detalles (y ver las diferencias). Tengo curiosidad de saber cómo responde la taquilla a este desafío de 250 millones de euros. 

Y, por supuesto, seguiré leyendo la maravillosa epopeya de Homero y pensando cómo, casi 3.000 años después, nos desayunamos con noticias de guerra cada día. Porque Troya sigue -y lamentablemente seguirá- ardiendo.