Ayer pasé por casualidad por la calle Fuencarral y me detuve en esta esquina de la foto. Ya casi nadie recuerda al teniente Castillo y cómo su muerte desencadenó una serie de dramáticos acontecimientos que desembocaron en la guerra. ¿Hace falta especificar cuál? No parece haber otra...
He recordado un reportaje en MUY de hace seis años el que cito a Castillo y que creo que solo está en papel. Así que si hay alguien interesado, aquí va:
La muerte de Calvo Sotelo
Javier Granda Revilla
El turbulento año de 1936 tiene
un prólogo en diciembre de 1935, cuando el gobierno de Joaquín Chapaprieta cae,
al quedarse en minoría por el escándalo del Estraperlo, que obliga a prescindir
de todos los ministros del partido de Lerroux. Niceto Alcalá Zamora, presidente
de la República, decide no pedir al líder derechista Gil-Robles que forme
gobierno, pese a ser la opción más votada. José Calvo-Sotelo, uno de los
políticos de referencia en la derecha junto al propio Gil-Robles y a Antonio
Goicoechea, está en la cama enfermo por un ataque de ciática. Pero esta
negativa a que la derecha lidere el gobierno supone, desde su punto de vista,
un golpe de estado liderado desde presidencia. Pese a que intenta conectar con
diferentes militares –como Franco, Fanjul y Goded– para que lo impidan, estos
le ignoran por la cercanía de los hechos revolucionarios de 1934 en Asturias.
Alcalá Zamora decide entonces
encargar la formación de gobierno al centrista Manuel Portela Valladares e intenta
retrasar las reuniones parlamentarias y que, así, el nuevo gobierno tenga
tiempo de consolidarse antes de las elecciones. Calvo Sotelo, conocedor de
muchos de los resortes jurídicos al ser abogado del Estado y haber sido
ministro en la dictadura de Primo de Rivera, denuncia en la comisión permanente
de las Cortes la maniobra, obligando a Alcalá Zamora a disolver la cámara. Es
el 2 de enero de 1936 y las votaciones se celebrarán el 16 de febrero en
primera vuelta y el 1 de marzo en la segunda.
Temiendo la previsible victoria
de la izquierda, Calvo Sotelo vuelve a pedir a Franco que los militares se
alcen antes de los comicios, pero de nuevo se niega. Los resultados confirman
sus predicciones, con una gran victoria de la izquierda, que se echa a la calle
y solicita la liberación de los condenados por la revuelta asturiana de 1934.
Portela Valladares, pese a las presiones de los políticos de derechas, no
quiere declarar el Estado de Guerra y dimite. Será Manuel Azaña, el 19 de
febrero, el nuevo encargado de formar gobierno.
Jefe monárquico
A Calvo Sotelo se le acusa de
haber ganado su acta con irregularidades, por lo que se le anula. Tendrá que
hacer un gran esfuerzo en la cámara para que se la devuelvan, circunstancia que
se repite con Gil-Robles. Quien sí la pierde es Goicoechea, lo que permite a
Calvo Sotelo convertirse en jefe parlamentario de la minoría monárquica y comenzar
una serie de virulentos ataques dialécticos en el hemiciclo: al haber censura
en la prensa, no pueden publicarse las cifras de muertos, heridos e incendios
que se producen casi a diario. Pero, al citarlos Calvo Sotelo en los plenos y
quedar registrados en el diario de sesiones, sí pueden ser reproducidos por la
prensa derechista. El listado será, a partir de entonces, parte indispensable
de sus intervenciones, con alusiones nada veladas a que el ejército
restableciese el orden.
El enfrentamiento con Casares
Quiroga, presidente del Gobierno, es especialmente intenso el 16 de junio.
Después de enumerar los desmanes que considera que permite el gabinete, se
muestra favorable a un estado fascista y a que el ejército dé un golpe de estado.
La bronca que recoge el diario de sesiones debió ser impresionante y Casares
Quiroga recalca que, si el ejército se subleva, Calvo Sotelo será el máximo
responsable. Este responde que se siente amenazado pero que tiene “anchas
espaldas” y que acepta “con gusto” cualquiera de las responsabilidades que se
puedan derivar de sus actos “si son para el bien de mi patria”.
Es entonces cuando se produce
unos de los momentos míticos del parlamentarismo español: al parecer Dolores
Ibárruri, ‘Pasionaria’, reacciona gritando que es una vergüenza que la
República aún no haya juzgado a Calvo Sotelo por haber sido ministro durante la
dictadura. Sin embargo Josep Tarradellas, años después, asegurará que lo que
dijo fue que Calvo Sotelo había hablado por última vez, algo que no se recoge
en el diario de sesiones. Ibárruri respondió siempre que ella jamás había
proferido eso. Salvador de Madariaga, que era parlamentario entonces, dejó
escrito que la frase que él escuchó fue: “Este es tu último discurso”.
En la sesión del 1 de julio,
Calvo Sotelo vuelve a tomar la palabra, iniciándose una gran bronca que obliga
a que termine su intervención. La tensión aumenta, con intentos de agresión al
diputado cedista Bernardo Aza, que son repelidos por los propios secretarios de
las Cortes. Aza es expulsado de la cámara en medio de lo que el diario ABC
describe como un griterío ensordecedor. Gil-Robles, en sus memorias, recuerda
que ‘Pasionaria’ gritaba “hay que arrastrarlos”.
Tensión en el desfile
Este clima de violencia
parlamentaria era un reflejo de la violencia en la calle. Como recuerda Ian
Gibson en su libro “La noche que mataron a Calvo Sotelo”, los enfrentamientos
en la calle se multiplican a partir del desfile militar del día de la República,
el 14 de abril. Llueve y la tensión se masca y basta el ruido de una traca que
lanza un falangista borracho para que todas las personalidades de la tribuna de
autoridades se lancen cuerpo a tierra, pensando que es un atentado para matar a
Azaña y a Martínez Barrio.
Pero, cuando empieza a desfilar
la Guardia Civil, que se considera un cuerpo “derechista”, comienzan los
abucheos y las discusiones entre el público. De repente, se oyen tiros delante
de la tribuna presencial y cae muerto, con balas en la espalda, el alférez de
la Guardia Civil Anastasio de los Reyes, que presenciaba la parada vestido de
paisano. Los historiadores no se ponen de acuerdo ni quién le mató ni el
motivo.
El gobierno, al día siguiente,
trata de torpedear el entierro para que se celebre en la intimidad, porque
temen que se convertirá en una ceremonia de exaltación derechista, como así
sucederá: la esquela en ABC aparece censurada, sin hora y se altera el
recorrido para que acuda menos gente. Todos los intentos no pueden evitar que,
el 16 de abril, se arremoline un gentío y que comiencen los incidentes, con
varios tiroteos sobre el cortejo, causando varios muertos.
Los incidentes más graves se
producen cuando el director de seguridad José Alonso Mallol, ordena a la
Guardia de Asalto disolver la manifestación de duelo. El teniente José del
Castillo es el responsable al mando y ordena abrir fuego contra el gentío. Uno
de los que caen fulminados, con pérdida de masa encefálica, es el estudiante
falangista de 24 años Andrés Sáez de Heredia. Es hermano del director de cine
José Luis Sáenz de Heredia y primo de José Antonio Primo de Rivera.
Amenazas al teniente Castillo
No se ordenaría una investigación
oficial lo que sucedido, lo que exacerba a los conservadores, que señalan a
Castillo. Militar de carrera, ha sido compañero de colegio de Federico García
Lorca en Granada. En los años 30, entra en política, influenciado por su amigo,
el teniente Fernando Condés. Tras el entierro, es amenazado y sufre varios
intentos de asesinato. Aun así, se casa el 20 de mayo con su novia.
El 12 de julio, después de dar un
paseo, se dirige a pie al cuartel de Pontejos, donde debe entrar para el turno
de noche. A pocos pasos de su casa, es interceptado por varios pistoleros, que
le abaten sin que pueda ni siquiera desenfundar su arma reglamentaria. La
identidad de sus asesinos sigue siendo objeto de debate: para Paul Preston y
Gabriel Jackson, eran falangistas mientras que Gibson, en el citado libro, da
el nombre de varios requetés.
El cadáver del militar es
conducido a la Dirección General de Seguridad, donde se instalará la capilla
ardiente. Al lado, en el cuartel de Pontejos, sede de la Guardia de Asalto, llega
la noticia y se despierta una oleada de indignación entre los compañeros de
Castillo. Se acercan también amigos de Castillo como Condés –ahora en la
Guardia Civil y al que ha avisado un primo suyo, cabo en la Guardia de Asalto–
y militantes socialistas de ‘La motorizada’ una milicia que se encargaba de
hacer de guardaespaldas de Indalecio Prieto en los actos públicos y que era
entrenada por Castillo y por Condés.
Varios policías piden a Moles,
responsable de seguridad, permiso para detener a elementos falangistas ya que
dan por seguro que de esos círculos parten los asesinos. Moles acepta, siempre
que se arresten personas con antecedentes y conducidos ante la autoridad. De
Pontejos parten varias potentes camionetas: están fabricadas por Hispano Suiza
y cuentan con seis filas de asientos y ocho puertas. Se utilizan para que unos
20 guardias de asalto puedan llegar al lugar donde se produzcan disturbios,
salir rápidamente del vehículo y sofocarlos.
La camioneta 17
Las diferentes camionetas parten
con listas de personas a detener. Una de las últimas es la número 17. En el
barullo, como enumera Gibson en su libro, ha sido ocupada por “10 o 12 guardias
de Asalto” y “cuatro jóvenes socialistas que fueron confundidos con guardias
vestidos de paisano”, estando al mando de Condés. Acuden a casa de Gil-Robles,
que es encuentra en Biarritz, y de Goicoechea, que también está ausente.
Enfilan entonces a Velázquez 89,
domicilio de Calvo Sotelo. Son, aproximadamente, las tres de la mañana. La
escolta del político, en el portal, deja pasar a Condés porque muestra su
carnet de guardia civil. Este sube, seguido de varios guardias de asalto y
entran en el segundo piso, alegando un registro. Exigen entonces a Calvo Sotelo
que les acompañe a la Dirección General de Seguridad. Él replica que tiene
inmunidad parlamentaria pero, cuando Condés muestra de nuevo su carnet, accede.
Diversas fuentes señalan que ha intentado comunicar por teléfono, pero o lo han
arrancado o lo han averiado. Se despide de su familia prometiendo que les
llamaría en cuanto llegue su destino “a no ser que estos señores se me lleven
para darme cuatro tiros”.
Todos los autores coinciden en
que Calvo Sotelo sabía que era un objetivo. Sus contactos con los militares de
la Unión Militar Española, ante el golpe inminente que se preparaba, eran bien
conocidos. Él se quejó al ministerio de que no se sentía protegido por los
escoltas que le habían proporcionado, sino espiado. Y solicitó el cambio.
Además, sus amigos debían temer un atentado, porque le regalaron un coche Buick
blindado e, incluso, le invitaron a una prueba de resistencia del blindaje.
Calvo Sotelo se sienta en el
tercer departamento, en el banco cuarto de la camioneta 17, entre dos guardias.
Detrás de él, los cuatro jóvenes socialistas. El vehículo arranca y, a unos
200-300 metros, en la misma calle Velázquez, se oyen dos detonaciones. Calvo
Sotelo cae fulminado con dos balas en la nuca. El autor de los disparos es Luis
Cuenca, un personaje de pésima reputación del que se dice que ha sido
guardaespaldas en Cuba del dictador Machado, por lo que se le conoce como ‘El
Cubano’ y ‘El Pistolero’.
La camioneta se dirige al
cementerio del Este –hoy conocido como de la Almudena – y se deja el depósito
en el cadáver, con explicaciones vagas a los sepultureros de guardia de que el
muerto era un sereno que ha fallecido en la calle y que, al día siguiente, se
proporcionaría la documentación pertinente.
Los rumores de la muerte del
líder derechista comienzan a correr. Al confirmarse, al mediodía, el estupor es
inerrable. Julián Zugazagoitia, editor del periódico El Socialista, se entera
por el propio Cuenca de la muerte y musita: “Este atentado es la guerra”. Los
diputados solicitan una sesión de Cortes pero, ante el miedo de que acudan
armados y se disparen en el hemiciclo, se suspende. No volverá a reunirse un
parlamento plural hasta 40 años después.
El velatorio de Calvo Sotelo, en
el propio cementerio, coincide con el entierro del teniente Castillo, con
nuevos incidentes y peleas que se prolongaron durante el sepelio del político,
con cinco muertos y 30 heridos.
Cuatro días después, comenzaba la
guerra civil. Se han vertido ríos de tinta sobre si el asesinato espoleó su
inicio. La inmensa mayoría de historiadores coincide en que todo estaba listo
para el ‘Alzamiento’. Paul Preston recoge el testimonio de Dora Lennard, la
profesora de inglés de Franco, que le ve “diez años más viejo” tras enterarse
de la noticia de la muerte del político. Al acabar la lección, manda a su mujer
y a su hija a un lugar seguro y viaja a Marruecos. Comenzaba a correr la
sangre.
Apoyo 1: La investigación
Al identificarse el cadáver de
Calvo Sotelo, comenzaron las detenciones e interrogatorios de los guardias de
Asalto implicados. El mismo 13 de julio, por la tarde, los forenses Antonio
Piga y Blas Aznar inspeccionan la camioneta 17. Pese a que ha sido lavada a
fondo dos veces y que la hostilidad de los presentes les impide tomar
fotografías, se hallan rastros de sangre y varios pelos.
El doctor Antonio Piga también
está presente en el cementerio del Este, en el reconocimiento y autopsia del
cadáver. Era uno de los médicos más reputados de Madrid, acababa de terminar su
mandato al frente del Colegio de Médicos de la capital. Aparece en la
impresionante foto que tomó Alfonso, mirando el cuerpo con un puro en la mano y
cara desolada. Se dice que Alfonso se disfrazó con una bata de sanitario para
poder acceder a la sala y hacer la instantánea.
El sumario que se inició,
depositado en el Ministerio de Gobernación, fue robado el 25 de julio a punta
de fusil por un grupo de milicianos. Tres días antes, el 22, murió Luis Cuenca
en el frente de Somosierra. Condés fue herido en un pulmón en ese mismo frente
y trasladado a Chamartín –entonces un pueblo fuera de Madrid –, donde falleció
el 23 de julio.
Apoyo 2: La Guardia de Asalto
Una de las primeras decisiones de
las autoridades republicanas fue la creación de un cuerpo policial, ya que se
consideraba que la Guardia Civil no era leal al régimen. Así, el 17 de mayo de
1931 se reorganiza el Cuerpo de Seguridad, incorporando a las denominadas
‘Compañías de Vanguardia’, que pronto pasarán a llamarse ‘Sección de Guardias
de Asalto’ aunque, popularmente, siempre se la llamará ‘Guardia de Asalto’. Su
principal objetivo es actuar cuando se produzcan aglomeraciones o si intente
alterar el orden público y se les dota con los equipos más modernos para
hacerlo.
En febrero de 1932 vuelve a
cambiar de nombre oficial, a ‘Cuerpo de Seguridad y Asalto’, siendo su primer
jefe el entonces teniente coronel Agustín Muñoz Grandes. Pero, once meses
después, la reputación del cuerpo se desmorona en los denominados ‘sucesos de
Casas Viejas’, una masacre de 26 anarquistas en un pequeño pueblo gaditano que
terminará causando la caída del gobierno de Azaña y propiciando el bienio
radical-cedista.
Tras el 18 de julio, la Guardia
de Asalto permanece fiel a la República en su gran mayoría y se acaba
convirtiendo en una unidad de élite del ejército republicano, participando en
la toma de Belchite, entre otras acciones. El cuerpo sería disuelto tras la
victoria franquista. Los pocos miembros que no fueron depurados, pasaron a
formar parte de la nueva Policía Armada que, por su uniforme grisáceo, serían
popularmente conocidos como ‘los grises’.