La asistenta: triple salto mortal
Una joven -Sydney Sweeney-, con
un pasado complicado, comienza a trabajar como asistenta en la lujosa casa de
los Winchester, interpretados por Amanda Seyfried y Brandon
Sklenar. A medida que se adentra en la vida de la familia, descubrirá secretos
oscuros que pondrán en peligro su seguridad, pero quizá ya sea demasiado
tarde...
Apenas cuatro líneas de sinopsis
para uno de los blockbusters de la temporada. Una historia de la que mejor no
desvelar nada y que me atrapó desde el principio aunque iba con cero
expectativas. Ignoraba la existencia del libro de Freida McFadden, que he
debido de ver decenas de veces en los escaparates sin fijarme. Y que ha tenido
tal éxito que ha dado lugar a dos secuelas, que no me extrañaría que se adapten
al cine si esta primera entrega tiene éxito.
Secretos tras la puerta, miradas
que pueden significar más de lo que parecen, objetos en herencia, escaleras
hacia el ático… El thriller sucede prácticamente por entero tras las paredes de
una lujosa mansión a las afueras de Nueva York, que se convierte en un espacio
angustioso, con una trama que va dando giros verosímiles hasta una traca final
donde se descubre, de manera bien dosificada y con gotas de gore toda la historia.
Sweeney borda su papel como una
joven con misterios que no puede contar, aportando fragilidad y, a la vez
fortaleza cuando es necesario. El papel de Amanda Seyfried es más lucido, con
cambios de humor que desconciertan y mantienen en tensión. Ambas son productoras
ejecutivas, lo que evidencia que sus papeles están escritos a medida en el
guion de Rebeca Sonnenshine. Brandon Sklenar cierra el triángulo, como el, en
principio, encantador marido. Y, cuando la trama se desencadena, se luce. Y
Elizabeth Perkins está extraordinaria en un breve papel en el que roba las
pocas escenas en las que aparece.
La dirección de Paul Feig está al
servicio de sus estrellas, con una banda sonora de voces femeninas destacadas
como Sabrina Carpenter, Lana del Rey, Kelly Clarkson, Taylor Swift o Linda
Rondstadt.
Al final, queda una historia que
actualiza, en cierto modo, La mano que mece la cuna mezclada con Instinto básico,
con un toque pulp y una denuncia eficaz de los malos tratos y el abuso.
¿Volvemos al thriller erótico de los 90?
Rondallas: el poder de la música
Un pequeño pueblo gallego sin
nombre se ve sacudido por un naufragio en alta mar, en el que mueren varios
pescadores. Tras un par de años en shock, la única manera de seguir hacia
adelante es retomar la rondalla, una agrupación musical típica de la zona que
incluye desde niños hasta ancianos, y participar en un certamen local.
Daniel Sánchez Arévalo ha vuelto
al largometraje seis años después de Diecisiete. Y lo hace escribiendo y
dirigiendo una historia coral encabezada por el siempre eficaz Javier Gutiérrez
y un amplio reparto en el que destacan María Vázquez, Judith Fernández -con uno
de los papeles más lucidos-, un divertido Tamar Novas (en trío cómico con
Carlos Blanco y Xosé Touriñán), el joven Fernando Fraga y Marta Larralde.
El guion aborda la precariedad,
de la dureza de la vida en el mar, de los conflictos con los seguros, la falta
de oportunidades en los pueblos, las adolescencias problemáticas, la dificultad
de iniciar una nueva relación tras un trauma, de compromiso, de amistad… Y todo
ello permeado por la música de la rondalla, que ejerce de aglutinante para que
el pueblo no se descomponga.
Tras el planteamiento y los
ensayos, la trama se dirige a un final en el concurso de rondallas, donde
Sánchez Arévalo se luce moviendo a las masas de músicos, en un apoteosis de
sonidos que pone el broche a una comedia dramática que hace que salgas del cine
con una sonrisa. Qué más se puede pedir a una feel good movie…