Parece que el cine actual está atrapado entre franquicias, películas infantiles y cintas basadas en hechos reales. Roofman, que se estrena hoy, es un ejemplo de esto último. Y es una (muy) buena película que aparece en algunas listas como una de las mejores del año. Está basada en un historia increíble: la de un exsoldado que no puede mantener a su familia, por lo que opta por cruzar la línea y atracar hamburgueserías por un agujero en el techo. Su innovador método le dará su alias y se convertirá en protagonista de programas de sucesos e informativos.
Cuando lo descubre la policía,
comienza una asombrosa huida que me tuvo pegado al asiento, con giros cada vez
más fascinantes y que llevan a un final vertiginoso y las habituales imágenes
reales finales, para que podamos comparar ficción y lo que verdaderamente
sucedió.
El guión, del director Derek Cianfrance
-al que conocimos por The Sound of Metal- está al servicio de un Channing Tatum
que está estupendo como actor cómico, con toques de sensibilidad que te hacen
empatizar con el personaje. La réplica, excelente, se la da Kirsten Dunst. A Peter
Dinklage le toca el papel de un auténtico capullo, lo que hace la película aún
más divertida. Los personajes secundarios que encarnan Ben Mendelsohn y Juno
Temple añaden aún más atractivo.
Al final, queda esa radiografía
de los Estados Unidos profundos, con suburbios que son idénticos en todo el país,
con su McDonald’s, su ToysRus, su iglesia como aglutinante de la comunidad o
esos moteles iguales vayas donde vayas.
Y unos personajes que intentan sobrevivir
en la precariedad, que toman decisiones equivocadas y que, sin saberlo, se van
hundiendo en un sistema que los devora.
Los 126 minutos de la película se
me pasaron como un suspiro, excepto en un par de ocasiones. Pero la experiencia
fue muy satisfactoria y salí de la sala con un muy buen sabor de boca. Una cinta
muy recomendable con una historia que no te crees si te la cuentan. ¿Una de las
mejores del año? Quizá.
Blue Moon
Linklater y Hawke escriben una página
más de su larga historia en común, con una película extraña, artificiosa, con
aspectos fascinantes sobre la vida del letrista Lorenzo Hart. Y lo hace sin
tomar prisioneros: Hart muere en la primera escena del largometraje y retrocedemos
en un flashback a siete meses antes, a la noche del estreno del musical
Oklahoma en plena II Guerra Mundial, en la que comienza su descenso a los
infiernos, corroído por el alcohol en el mítico bar Sardi’s, mientras espera
que lleguen los protagonistas y autores de la obra.
La película tiene un extraño
acento teatral, aunque no está basada en una obra de teatro sino en las cartas
que Hart escribió a su última musa, Elizabeth Weiland, que encarna Margaret
Qualley, en una relación entre la fascinación el morbo y el voyeurismo. La obstinación
de Linklater por mostrar la pequeña estatura de Hart hace que apueste por encuadres
extraños que no terminé de entender. El extraño peinado de cortinilla (o de ensaimada)
que luce Hawke tampoco ayuda.
La historia se articula por las
conversaciones con varios personajes: además de Weiland, un fiel camarero -Bobby
Cannavale- que le sirve alcohol aunque sabe que no puede; un joven pianista aspirante
a compositor que le pide consejo mientras interpreta standards y, sobre todo,
la relación con Rogers, un Andrew Scott premiado por este papel en Berlín que
parece haber recibido el galardón como una pedrea a la película por no haber
podido dar el Oso a Hawke.
Hart sabe que su vida se desmorona
y trata de aferrarse a Rogers como el náufrago a una tabla. Pero el compositor
ya ha comenzado a trabajar con Hammerstein. Y juntos se convertirán, a partir
de esa noche de éxito, en la pareja mítica de los musicales y el cancionero
clásico estadounidense.
La película refleja bien ese punto
de inflexión, esa momento en la que las vidas de casi todos van a cambiar: ya
se oyen los ecos del fenómeno fan que está provocando Frank Sinatra y que va a
revolucionar el mundo del espectáculo.
Y queda la música, claro. Decenas
de melodías maravillosas, además de Blue Moon, que van sonando al fondo en el
piano y que van punteando la acción. El conjunto, al final, es bueno. Y
desolador: un talento que se va descomponiendo pese a que está tocado por la
gracia del arte. Un gran Hawke que seguirá pariendo películas tan notables como
esta. Un recuerdo a esa música que descubrí oyendo a Carlos Pumares entre las
sábanas, hace tantos años. Y ese Linklater que no para, porque estoy deseando
ver ya Nouvelle Vague. Que no pare nunca el cine.
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