viernes, 12 de diciembre de 2025

Roofman y Blue Moon: dos películas muy distintas y muy interesantes

 

Parece que el cine actual está atrapado entre franquicias, películas infantiles y cintas basadas en hechos reales. Roofman, que se estrena hoy, es un ejemplo de esto último. Y es una (muy) buena película que aparece en algunas listas como una de las mejores del año. Está basada en un historia increíble: la de un exsoldado que no puede mantener a su familia, por lo que opta por cruzar la línea y atracar hamburgueserías por un agujero en el techo. Su innovador método le dará su alias y se convertirá en protagonista de programas de sucesos e informativos.

Cuando lo descubre la policía, comienza una asombrosa huida que me tuvo pegado al asiento, con giros cada vez más fascinantes y que llevan a un final vertiginoso y las habituales imágenes reales finales, para que podamos comparar ficción y lo que verdaderamente sucedió.

El guión, del director Derek Cianfrance -al que conocimos por The Sound of Metal- está al servicio de un Channing Tatum que está estupendo como actor cómico, con toques de sensibilidad que te hacen empatizar con el personaje. La réplica, excelente, se la da Kirsten Dunst. A Peter Dinklage le toca el papel de un auténtico capullo, lo que hace la película aún más divertida. Los personajes secundarios que encarnan Ben Mendelsohn y Juno Temple añaden aún más atractivo.

Al final, queda esa radiografía de los Estados Unidos profundos, con suburbios que son idénticos en todo el país, con su McDonald’s, su ToysRus, su iglesia como aglutinante de la comunidad o esos moteles iguales vayas donde vayas.

Y unos personajes que intentan sobrevivir en la precariedad, que toman decisiones equivocadas y que, sin saberlo, se van hundiendo en un sistema que los devora.

Los 126 minutos de la película se me pasaron como un suspiro, excepto en un par de ocasiones. Pero la experiencia fue muy satisfactoria y salí de la sala con un muy buen sabor de boca. Una cinta muy recomendable con una historia que no te crees si te la cuentan. ¿Una de las mejores del año? Quizá.  

Blue Moon

Linklater y Hawke escriben una página más de su larga historia en común, con una película extraña, artificiosa, con aspectos fascinantes sobre la vida del letrista Lorenzo Hart. Y lo hace sin tomar prisioneros: Hart muere en la primera escena del largometraje y retrocedemos en un flashback a siete meses antes, a la noche del estreno del musical Oklahoma en plena II Guerra Mundial, en la que comienza su descenso a los infiernos, corroído por el alcohol en el mítico bar Sardi’s, mientras espera que lleguen los protagonistas y autores de la obra.

La película tiene un extraño acento teatral, aunque no está basada en una obra de teatro sino en las cartas que Hart escribió a su última musa, Elizabeth Weiland, que encarna Margaret Qualley, en una relación entre la fascinación el morbo y el voyeurismo. La obstinación de Linklater por mostrar la pequeña estatura de Hart hace que apueste por encuadres extraños que no terminé de entender. El extraño peinado de cortinilla (o de ensaimada) que luce Hawke tampoco ayuda.

La historia se articula por las conversaciones con varios personajes: además de Weiland, un fiel camarero -Bobby Cannavale- que le sirve alcohol aunque sabe que no puede; un joven pianista aspirante a compositor que le pide consejo mientras interpreta standards y, sobre todo, la relación con Rogers, un Andrew Scott premiado por este papel en Berlín que parece haber recibido el galardón como una pedrea a la película por no haber podido dar el Oso a Hawke.

Hart sabe que su vida se desmorona y trata de aferrarse a Rogers como el náufrago a una tabla. Pero el compositor ya ha comenzado a trabajar con Hammerstein. Y juntos se convertirán, a partir de esa noche de éxito, en la pareja mítica de los musicales y el cancionero clásico estadounidense.

La película refleja bien ese punto de inflexión, esa momento en la que las vidas de casi todos van a cambiar: ya se oyen los ecos del fenómeno fan que está provocando Frank Sinatra y que va a revolucionar el mundo del espectáculo.

Y queda la música, claro. Decenas de melodías maravillosas, además de Blue Moon, que van sonando al fondo en el piano y que van punteando la acción. El conjunto, al final, es bueno. Y desolador: un talento que se va descomponiendo pese a que está tocado por la gracia del arte. Un gran Hawke que seguirá pariendo películas tan notables como esta. Un recuerdo a esa música que descubrí oyendo a Carlos Pumares entre las sábanas, hace tantos años. Y ese Linklater que no para, porque estoy deseando ver ya Nouvelle Vague. Que no pare nunca el cine.

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