Kleber Mendonça Filho ganó el premio a la mejor dirección y el Fipresci en el último Festival de Cannes y Wagner Moura ganó el galardón al mejor actor en el último festival de Cannes por esta historia que nos lleva al Brasil de 1977, con una dictadura militar que persigue de manera implacable a los enemigos del Régimen.
Desde el principio vemos el clima
de violencia, de corrupción, de carnaval, de música omnipresente. Marcelo huye
por un motivo que apenas se explica y logra refugiarse en un vecindario en el
que hay más personas perseguidas, como él. El guion del propio Kleber, con un
título equívoco, va desentrañando historias que me acabaron atrapando durante
las más de dos horas y media de la cinta, transmitiendo el calor brasileño, la
sensualidad, maravillosos guiños cinéfilos y toques de magia e incluso de humor
a pesar del drama que crean un cóctel formidable.
En estos tiempos en que se dan
los argumentos mascados, repitiendo una y otra vez la trama por si pierdes el
hilo porque estás atento al móvil, es de agradecer el ritmo moroso que va
atrapando, que no sabes bien a dónde te lleva, con flashbacks y flashforwards,
en tres partes bien diferenciadas y una traca final apoteósica.
La interpretación de Moura es
antológica, con una merecida nominación al Oscar. Lo mismo sucede con el
estupendo resto del casting, también nominado, con el papel póstumo de Udo Kier
y una larga lista de estupendos actores brasileños.
Al final, queda una sensación de
violencia permanente en el paraíso, una especie de Gran Hermano que vigilaba a
todos los brasileños, un infierno tropical asfixiante. Una película
interesantísima, lenta, para degustar despacio y que queda en tu cabeza dando
vueltas.
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