sábado, 18 de julio de 2026

Casi nadie sabe qué pasó aquí el 12 de julio de 1936



Ayer pasé por casualidad por la calle Fuencarral y me detuve en esta esquina de la foto. Ya casi nadie recuerda al teniente Castillo y cómo su muerte desencadenó una serie de dramáticos acontecimientos que desembocaron en la guerra. ¿Hace falta especificar cuál? No parece haber otra...

He recordado un reportaje en MUY de hace seis años el que cito a Castillo y que creo que solo está en papel. Así que si hay alguien interesado, aquí va:

La muerte de Calvo Sotelo

Javier Granda Revilla

El turbulento año de 1936 tiene un prólogo en diciembre de 1935, cuando el gobierno de Joaquín Chapaprieta cae, al quedarse en minoría por el escándalo del Estraperlo, que obliga a prescindir de todos los ministros del partido de Lerroux. Niceto Alcalá Zamora, presidente de la República, decide no pedir al líder derechista Gil-Robles que forme gobierno, pese a ser la opción más votada. José Calvo-Sotelo, uno de los políticos de referencia en la derecha junto al propio Gil-Robles y a Antonio Goicoechea, está en la cama enfermo por un ataque de ciática. Pero esta negativa a que la derecha lidere el gobierno supone, desde su punto de vista, un golpe de estado liderado desde presidencia. Pese a que intenta conectar con diferentes militares –como Franco, Fanjul y Goded– para que lo impidan, estos le ignoran por la cercanía de los hechos revolucionarios de 1934 en Asturias.

Alcalá Zamora decide entonces encargar la formación de gobierno al centrista Manuel Portela Valladares e intenta retrasar las reuniones parlamentarias y que, así, el nuevo gobierno tenga tiempo de consolidarse antes de las elecciones. Calvo Sotelo, conocedor de muchos de los resortes jurídicos al ser abogado del Estado y haber sido ministro en la dictadura de Primo de Rivera, denuncia en la comisión permanente de las Cortes la maniobra, obligando a Alcalá Zamora a disolver la cámara. Es el 2 de enero de 1936 y las votaciones se celebrarán el 16 de febrero en primera vuelta y el 1 de marzo en la segunda.

Temiendo la previsible victoria de la izquierda, Calvo Sotelo vuelve a pedir a Franco que los militares se alcen antes de los comicios, pero de nuevo se niega. Los resultados confirman sus predicciones, con una gran victoria de la izquierda, que se echa a la calle y solicita la liberación de los condenados por la revuelta asturiana de 1934. Portela Valladares, pese a las presiones de los políticos de derechas, no quiere declarar el Estado de Guerra y dimite. Será Manuel Azaña, el 19 de febrero, el nuevo encargado de formar gobierno.

Jefe monárquico

A Calvo Sotelo se le acusa de haber ganado su acta con irregularidades, por lo que se le anula. Tendrá que hacer un gran esfuerzo en la cámara para que se la devuelvan, circunstancia que se repite con Gil-Robles. Quien sí la pierde es Goicoechea, lo que permite a Calvo Sotelo convertirse en jefe parlamentario de la minoría monárquica y comenzar una serie de virulentos ataques dialécticos en el hemiciclo: al haber censura en la prensa, no pueden publicarse las cifras de muertos, heridos e incendios que se producen casi a diario. Pero, al citarlos Calvo Sotelo en los plenos y quedar registrados en el diario de sesiones, sí pueden ser reproducidos por la prensa derechista. El listado será, a partir de entonces, parte indispensable de sus intervenciones, con alusiones nada veladas a que el ejército restableciese el orden.

El enfrentamiento con Casares Quiroga, presidente del Gobierno, es especialmente intenso el 16 de junio. Después de enumerar los desmanes que considera que permite el gabinete, se muestra favorable a un estado fascista y a que el ejército dé un golpe de estado. La bronca que recoge el diario de sesiones debió ser impresionante y Casares Quiroga recalca que, si el ejército se subleva, Calvo Sotelo será el máximo responsable. Este responde que se siente amenazado pero que tiene “anchas espaldas” y que acepta “con gusto” cualquiera de las responsabilidades que se puedan derivar de sus actos “si son para el bien de mi patria”.

Es entonces cuando se produce unos de los momentos míticos del parlamentarismo español: al parecer Dolores Ibárruri, ‘Pasionaria’, reacciona gritando que es una vergüenza que la República aún no haya juzgado a Calvo Sotelo por haber sido ministro durante la dictadura. Sin embargo Josep Tarradellas, años después, asegurará que lo que dijo fue que Calvo Sotelo había hablado por última vez, algo que no se recoge en el diario de sesiones. Ibárruri respondió siempre que ella jamás había proferido eso. Salvador de Madariaga, que era parlamentario entonces, dejó escrito que la frase que él escuchó fue: “Este es tu último discurso”.

En la sesión del 1 de julio, Calvo Sotelo vuelve a tomar la palabra, iniciándose una gran bronca que obliga a que termine su intervención. La tensión aumenta, con intentos de agresión al diputado cedista Bernardo Aza, que son repelidos por los propios secretarios de las Cortes. Aza es expulsado de la cámara en medio de lo que el diario ABC describe como un griterío ensordecedor. Gil-Robles, en sus memorias, recuerda que ‘Pasionaria’ gritaba “hay que arrastrarlos”.  

Tensión en el desfile

Este clima de violencia parlamentaria era un reflejo de la violencia en la calle. Como recuerda Ian Gibson en su libro “La noche que mataron a Calvo Sotelo”, los enfrentamientos en la calle se multiplican a partir del desfile militar del día de la República, el 14 de abril. Llueve y la tensión se masca y basta el ruido de una traca que lanza un falangista borracho para que todas las personalidades de la tribuna de autoridades se lancen cuerpo a tierra, pensando que es un atentado para matar a Azaña y a Martínez Barrio.

Pero, cuando empieza a desfilar la Guardia Civil, que se considera un cuerpo “derechista”, comienzan los abucheos y las discusiones entre el público. De repente, se oyen tiros delante de la tribuna presencial y cae muerto, con balas en la espalda, el alférez de la Guardia Civil Anastasio de los Reyes, que presenciaba la parada vestido de paisano. Los historiadores no se ponen de acuerdo ni quién le mató ni el motivo.

El gobierno, al día siguiente, trata de torpedear el entierro para que se celebre en la intimidad, porque temen que se convertirá en una ceremonia de exaltación derechista, como así sucederá: la esquela en ABC aparece censurada, sin hora y se altera el recorrido para que acuda menos gente. Todos los intentos no pueden evitar que, el 16 de abril, se arremoline un gentío y que comiencen los incidentes, con varios tiroteos sobre el cortejo, causando varios muertos.

Los incidentes más graves se producen cuando el director de seguridad José Alonso Mallol, ordena a la Guardia de Asalto disolver la manifestación de duelo. El teniente José del Castillo es el responsable al mando y ordena abrir fuego contra el gentío. Uno de los que caen fulminados, con pérdida de masa encefálica, es el estudiante falangista de 24 años Andrés Sáez de Heredia. Es hermano del director de cine José Luis Sáenz de Heredia y primo de José Antonio Primo de Rivera.

Amenazas al teniente Castillo

No se ordenaría una investigación oficial lo que sucedido, lo que exacerba a los conservadores, que señalan a Castillo. Militar de carrera, ha sido compañero de colegio de Federico García Lorca en Granada. En los años 30, entra en política, influenciado por su amigo, el teniente Fernando Condés. Tras el entierro, es amenazado y sufre varios intentos de asesinato. Aun así, se casa el 20 de mayo con su novia.

El 12 de julio, después de dar un paseo, se dirige a pie al cuartel de Pontejos, donde debe entrar para el turno de noche. A pocos pasos de su casa, es interceptado por varios pistoleros, que le abaten sin que pueda ni siquiera desenfundar su arma reglamentaria. La identidad de sus asesinos sigue siendo objeto de debate: para Paul Preston y Gabriel Jackson, eran falangistas mientras que Gibson, en el citado libro, da el nombre de varios requetés.

El cadáver del militar es conducido a la Dirección General de Seguridad, donde se instalará la capilla ardiente. Al lado, en el cuartel de Pontejos, sede de la Guardia de Asalto, llega la noticia y se despierta una oleada de indignación entre los compañeros de Castillo. Se acercan también amigos de Castillo como Condés –ahora en la Guardia Civil y al que ha avisado un primo suyo, cabo en la Guardia de Asalto– y militantes socialistas de ‘La motorizada’ una milicia que se encargaba de hacer de guardaespaldas de Indalecio Prieto en los actos públicos y que era entrenada por Castillo y por Condés.

Varios policías piden a Moles, responsable de seguridad, permiso para detener a elementos falangistas ya que dan por seguro que de esos círculos parten los asesinos. Moles acepta, siempre que se arresten personas con antecedentes y conducidos ante la autoridad. De Pontejos parten varias potentes camionetas: están fabricadas por Hispano Suiza y cuentan con seis filas de asientos y ocho puertas. Se utilizan para que unos 20 guardias de asalto puedan llegar al lugar donde se produzcan disturbios, salir rápidamente del vehículo y sofocarlos.

La camioneta 17

Las diferentes camionetas parten con listas de personas a detener. Una de las últimas es la número 17. En el barullo, como enumera Gibson en su libro, ha sido ocupada por “10 o 12 guardias de Asalto” y “cuatro jóvenes socialistas que fueron confundidos con guardias vestidos de paisano”, estando al mando de Condés. Acuden a casa de Gil-Robles, que es encuentra en Biarritz, y de Goicoechea, que también está ausente.

Enfilan entonces a Velázquez 89, domicilio de Calvo Sotelo. Son, aproximadamente, las tres de la mañana. La escolta del político, en el portal, deja pasar a Condés porque muestra su carnet de guardia civil. Este sube, seguido de varios guardias de asalto y entran en el segundo piso, alegando un registro. Exigen entonces a Calvo Sotelo que les acompañe a la Dirección General de Seguridad. Él replica que tiene inmunidad parlamentaria pero, cuando Condés muestra de nuevo su carnet, accede. Diversas fuentes señalan que ha intentado comunicar por teléfono, pero o lo han arrancado o lo han averiado. Se despide de su familia prometiendo que les llamaría en cuanto llegue su destino “a no ser que estos señores se me lleven para darme cuatro tiros”.

Todos los autores coinciden en que Calvo Sotelo sabía que era un objetivo. Sus contactos con los militares de la Unión Militar Española, ante el golpe inminente que se preparaba, eran bien conocidos. Él se quejó al ministerio de que no se sentía protegido por los escoltas que le habían proporcionado, sino espiado. Y solicitó el cambio. Además, sus amigos debían temer un atentado, porque le regalaron un coche Buick blindado e, incluso, le invitaron a una prueba de resistencia del blindaje.

Calvo Sotelo se sienta en el tercer departamento, en el banco cuarto de la camioneta 17, entre dos guardias. Detrás de él, los cuatro jóvenes socialistas. El vehículo arranca y, a unos 200-300 metros, en la misma calle Velázquez, se oyen dos detonaciones. Calvo Sotelo cae fulminado con dos balas en la nuca. El autor de los disparos es Luis Cuenca, un personaje de pésima reputación del que se dice que ha sido guardaespaldas en Cuba del dictador Machado, por lo que se le conoce como ‘El Cubano’ y ‘El Pistolero’.

La camioneta se dirige al cementerio del Este –hoy conocido como de la Almudena – y se deja el depósito en el cadáver, con explicaciones vagas a los sepultureros de guardia de que el muerto era un sereno que ha fallecido en la calle y que, al día siguiente, se proporcionaría la documentación pertinente.

Los rumores de la muerte del líder derechista comienzan a correr. Al confirmarse, al mediodía, el estupor es inerrable. Julián Zugazagoitia, editor del periódico El Socialista, se entera por el propio Cuenca de la muerte y musita: “Este atentado es la guerra”. Los diputados solicitan una sesión de Cortes pero, ante el miedo de que acudan armados y se disparen en el hemiciclo, se suspende. No volverá a reunirse un parlamento plural hasta 40 años después.

El velatorio de Calvo Sotelo, en el propio cementerio, coincide con el entierro del teniente Castillo, con nuevos incidentes y peleas que se prolongaron durante el sepelio del político, con cinco muertos y 30 heridos.

Cuatro días después, comenzaba la guerra civil. Se han vertido ríos de tinta sobre si el asesinato espoleó su inicio. La inmensa mayoría de historiadores coincide en que todo estaba listo para el ‘Alzamiento’. Paul Preston recoge el testimonio de Dora Lennard, la profesora de inglés de Franco, que le ve “diez años más viejo” tras enterarse de la noticia de la muerte del político. Al acabar la lección, manda a su mujer y a su hija a un lugar seguro y viaja a Marruecos. Comenzaba a correr la sangre.

Apoyo 1: La investigación

Al identificarse el cadáver de Calvo Sotelo, comenzaron las detenciones e interrogatorios de los guardias de Asalto implicados. El mismo 13 de julio, por la tarde, los forenses Antonio Piga y Blas Aznar inspeccionan la camioneta 17. Pese a que ha sido lavada a fondo dos veces y que la hostilidad de los presentes les impide tomar fotografías, se hallan rastros de sangre y varios pelos.

El doctor Antonio Piga también está presente en el cementerio del Este, en el reconocimiento y autopsia del cadáver. Era uno de los médicos más reputados de Madrid, acababa de terminar su mandato al frente del Colegio de Médicos de la capital. Aparece en la impresionante foto que tomó Alfonso, mirando el cuerpo con un puro en la mano y cara desolada. Se dice que Alfonso se disfrazó con una bata de sanitario para poder acceder a la sala y hacer la instantánea.

El sumario que se inició, depositado en el Ministerio de Gobernación, fue robado el 25 de julio a punta de fusil por un grupo de milicianos. Tres días antes, el 22, murió Luis Cuenca en el frente de Somosierra. Condés fue herido en un pulmón en ese mismo frente y trasladado a Chamartín –entonces un pueblo fuera de Madrid –, donde falleció el 23 de julio. 

Apoyo 2: La Guardia de Asalto

Una de las primeras decisiones de las autoridades republicanas fue la creación de un cuerpo policial, ya que se consideraba que la Guardia Civil no era leal al régimen. Así, el 17 de mayo de 1931 se reorganiza el Cuerpo de Seguridad, incorporando a las denominadas ‘Compañías de Vanguardia’, que pronto pasarán a llamarse ‘Sección de Guardias de Asalto’ aunque, popularmente, siempre se la llamará ‘Guardia de Asalto’. Su principal objetivo es actuar cuando se produzcan aglomeraciones o si intente alterar el orden público y se les dota con los equipos más modernos para hacerlo.

En febrero de 1932 vuelve a cambiar de nombre oficial, a ‘Cuerpo de Seguridad y Asalto’, siendo su primer jefe el entonces teniente coronel Agustín Muñoz Grandes. Pero, once meses después, la reputación del cuerpo se desmorona en los denominados ‘sucesos de Casas Viejas’, una masacre de 26 anarquistas en un pequeño pueblo gaditano que terminará causando la caída del gobierno de Azaña y propiciando el bienio radical-cedista.

Tras el 18 de julio, la Guardia de Asalto permanece fiel a la República en su gran mayoría y se acaba convirtiendo en una unidad de élite del ejército republicano, participando en la toma de Belchite, entre otras acciones. El cuerpo sería disuelto tras la victoria franquista. Los pocos miembros que no fueron depurados, pasaron a formar parte de la nueva Policía Armada que, por su uniforme grisáceo, serían popularmente conocidos como ‘los grises’.

     

 

 

    

  

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