Tengo que confesar que entré a ver la nueva película de Olivia Wilde pensando que me iba a tragar el enésimo ejercicio de Hollywood de tomar un guion europeo y convertirlo en una papilla regurgitada para el espectador medio estadounidense.
Tampoco había visto ni la obra original de Cesc Gay ni
su adaptación (lo he hecho después), así que la pantalla se puso en negro y me encontré con un Seth
Rogen interpretando a un desmotivado profesor de música de San Francisco
que llega a casa y se encuentra a su esposa, que encarna también Olivia
Wilde, preparando una cena que no ha avisado y a la que van a acudir sus
nuevos vecinos.
El guion de Rashida Jones y Will McComarck va
tomando vuelo, delineando unos personajes con sus neuras, en una estructura que
seguro que enorgullece a Woody Allen. La aparición de un estupendo Edward
Norton y una Penélope Cruz que sigue cimentando su leyenda en
Hollywood, dispara la acción, con malentendidos y bromas que arrancaron las
primeras carcajadas en la platea.
Wilde, como directora, olvida las frustraciones de No te preocupes, querida,
y retorna al tempo de Súper empollonas, con muchos primeros
planos de sus actores, retratados con colores fríos, en un conjunto que da la
impresión de que todo el equipo disfrutó rodando la cinta.
Las insinuaciones sexuales y los diálogos en inglés y
castellano enfilan el tercer acto de la cinta, con un verdadero festival de
chistes y comedia física y embarazosa, en los que se lucen todos, pero con Seth
Rogen como ganador claro, con momentos verdaderamente desternillantes.
Partiendo del buen material primigenio de Cesc Gay,
que recomiendo ver también, los guionistas alargan la trama durante 25 minutos,
construyendo más los personajes y fortaleciendo las tramas y las interacciones.
El final me resultó muy satisfactorio. Una gran comedia,
chispeante, divertida, con un gran guion y cuatro actores en estado de gracia
que te dejan pensando sobre tu vida y tus relaciones. No os la perdáis.

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